lunes, 7 de septiembre de 2009

¡Soy Margarito Tereré, el más valiente Yacaré!


Corrían los años '70. Los tiempos eran diferentes, no me animaría a decir que mejores, pero si diferentes. Los chicos de los '70 también éramos diferentes a los de ahora. Los tiempos cambian, los chicos también. No teníamos internet ni nos dejaban salir hasta demasiado tarde en la tarde. Íbamos a la escuela bien peinaditos y con guardapolvos blanquísimos, y jugábamos juegos que a los chicos de hoy en día les causan risa. Fue una época de cambios en la Argentina, el General Lanusse no podía sostener el gobierno golpista frente a la avanzada peronista, y comenzó el planeamiento del regreso de Perón, íbamos a tratar de salir un poco de entre los fusiles militares para intentar nuevamente con la democracia. La tele era otra cosa, los programas infantiles que veíamos eran de aquí, venían poca cosa de enlatados, como Los tres Chiflados; Batman, Mr ED y otras series. Aquí, mientras tanto la producción nacional, nos legaba un hijo: Margarito Tereré. Creado por el compositor Waldo Belloso y su esposa, la escritora Zulema Alcayaga. Margarito era un Yacaré correntino vestido con ropajes de gaucho, que nos llegaba a través de la pantalla de la tele, y nos dejó discos con sus canciones pegadizas y hasta una película. Duró hasta los ’80, y todavía recuerdo a aquel personaje de “El cartero” que cantaba “Que se va el cartero, que se va, que se va…”, y obviamentela principal, “Soy Magarito Tereré….el más valiente Yacaré…” al son de un chamamé… Lindo recuerdo.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La calesita y las gallinitas de azucar

Cuando era chica, mi abuela me llevaba a la calesita. Eran los fines de la década del 60. Después de dar vueltas y vueltas, cansada de querer agarrar la sortija, y de tenerla únicamente cuando al señor calesitero se le daba la gana dejarla prácticamente en mi mano, bajaba mareadita y radiante de la plataforma circular con las mejillas arrebloadas, enroscándome con un dedo una de las dos trenzas que mamá primorosamente peinaba con mis largos rulos.
Entonces, la cara feliz de la abuelita Generosa, vaya nombre tan bien puesto que le asignaron sus padres, me tomaba de la mano y me llevaba al kioskito de la esquina de la plaza para darme el premio a la valentía por haberme bancado las vueltas y la tensión de agarrar o no agarrar la bendita sortija: una gallinita de azucar.
Si, si, si... no debía ser muy sano comer tanta azucar, según los nuevos parámetros de la nutrición, pero ¿Sabés qué? En esos años, no me importaba un pito... y me iba, contenta, a las hamacas saboreando la gallinita de azucar.
Recuerdo que para mí, eran inmensas, como un cucurucho gigante. Y si, pasan esas cosas, cuando una es chica, todo le parece más grande. Hace unos meses vi en un kiosco contemporáneo, algo que se parecía a aquellas gallinitas, pero no medía más de cuatro centímetros, y la verdad, no veía la forma de la gallinita por ninguna parte, más bien era como un heladito sólido de azúcar. En una de esas las de antes eran así, pero me resisto a creerlo, para mí, eran una gloria: Una gallina enorme, verde, amarilla o anaranjada, sentada sobre un nido de vasito de barquillo de colores, toda de azuquitar, que al morderla largaba más azúcar en almibar que se me chorreaba por las comisuras labiales, que la abuela se aprestaba a limpiar con su pañuelito blanco,limpio y bordado a mano.

¿Vos te acordás de las gallinitas...?